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Mi Buenos Aires herido


Tropic
The Miami Herald Sunday Magazine

By Fernando González
April 1998

 

 Los turistas en Buenos Aires no andan tomando fotos de garajes de inspección de
 automóviles en el barrio de Floresta, pero yo no era exactamente un turista y
 además sabía que este lugar había sido otra cosa en otra época. Lo había visto
 antes -- aunque sólo en fotos tomadas más de una década antes -- y se veía  cambiado.

 ''¡Eh! ¿Qué hace? Venga para acá''.
 El encargado del portón vestía de civil pero su tono y comportamiento sugerían un policía, alguien acostumbrado a que otros obedecieran sus comandos. Obedecí.
 ''¿Qué está haciendo?''
 Miré el piso. Miré a ambos lados. Tartamudeé. De pronto era otra vez
 un chico asustado.
 ''Acá no puede tomar fotos. Esta es una dependencia policial. ¿Tiene documentos?''
 ''No, conmigo no. Los tengo en mi auto, en la otra cuadra. ¿Quiere que  los vaya a buscar?''
 Creo mi pregunta fue tan ingenua que lo tomó de sorpresa y lo hizo detenerse. Y ahí nos quedamos, mirando a la cámara. Yo no sabía si él iba a agarrarla y ordenarme que le entregara la película o si iba a llamar a otros policías de adentro para que me arrestaran.
 Curiosamente, me preguntó dónde vivía.
 ''Miami. Vivo en Miami. Trabajo en el Miami Herald''.

 Otra vez se sorprendió, pero esta vez me di media vuelta y empecé a  caminar, despacio, muy
 despacio. Lo que quería en realidad era salir corriendo. Esperaba que me gritara, que me detuviera -- y yo no sabía qué iba a hacer. De pronto vi gente que me perseguía y me agarraba. Me imaginé los insultos, las trompadas, las patadas. Era 1976, yo tenía 22 años, la policía y los militares tenían poderes de vida y muerte sobre mí y este lugar era no sólo un garage sino también El Olimpo, uno de los campos de concentración clandestinos de Buenos Aires, un lugar de tortura y muerte.

 Llegué al auto, donde me esperaba Lito, mi chofer por el día. Quería gritarle que se despertara, que se moviera. Sacame de acá. Ya.
 En cambio, me escuché darle instrucciones con una calma lindando en el aburrimiento y salimos hacia el próximo lugar en mi lista, un taller de automóviles que quedaba cerca. En el pasado, se le conocía como Automotores Orletti por un letrero que colgaba sobre la entrada.
Automotores Orletti había sido un centro secreto de detención y tortura.

 Y de ahí nos fuimos al Tiro Federal, un polígono de tiro donde la guerrilla emboscó a la furgoneta militar en la que yo viajaba como recluta, robó las armas y mató a mi capitán. Y de ahí, practicamente a la vuelta de la esquina, a la Escuela de Mecánica de la Armada, conocida como ESMA. Se estima que 5.000 personas fueron asesinadas en este lugar, miles de ellas lanzadas desde aviones sobre el Atlántico, vivas pero drogadas. Otras fueron presuntamente torturadas, muertas y enterradas en los terrenos de la escuela.

 Aún hoy, con su césped fastidiosamente cuidado, sus caminos prolijamente marcados y sus edificios blancos, la ESMA sugiere la severa elegancia de una universidad patricia de New England. Una verdadera Harvard de la muerte.

 Una propuesta en enero por el Presidente Carlos S. Menem de que la ESMA debería ser derribada y reemplazada por un parque ''que sería un símbolo de reconciliación nacional" desató un gran polémica.

 En la Argentina, la memoria tiene un precio de bronca, miedo y vergüenza.

 Quizás no pueda ser de otra manera. Ninguna sociedad que se encuentra cara a cara con sus peores instintos, con su lado oscuro de violencia y crueldad, debería esperar -- o debería querer -- olvidarse de ellos con un puñado de veredictos, las formalidades de una democracia y los beneficios de una economía estable.
Tanto sufrimiento de tantos merece más.

 Los guerrilleros que soñaron conseguir un cambio y una sociedad más justa por la boca de un fusil y los militares que secuestraron, torturaron y asesinaron diciendo proteger lo que ellos definían como el estilo de vida occidental y cristiana de la Argentina no eran seres de otro planeta. Eran argentinos, y no estaban solos. Una barbarie de tal magnitud nunca podría haber sido ejecutada tan eficientemente, por tanto tiempo, por un pequeño grupo de gente.
 Muchos colaboraron.

 La pregunta entonces es: ¿cómo fue que una de las naciones más ricas y mejor educadas en el continente descendió a tal locura homicida? ¿Que nos pasó? ¿Dónde estuvimos nosotros, los buenos argentinos decentes, trabajadores, ordinarios? ¿Cómo dejamos que nos pasara esto?

 Mi paseo en Buenos Aires fue macabro, pero yo necesitaba ver. Me forcé a ver.

Mano dura

Viví la mayor parte de mi vida en la Argentina bajo gobiernos militares.
 Desde 1930, cuando un presidente civil, elegido en forma democrática, fue derrocado por un golpe militar, hasta 1983, cuando la junta militar llamó a elecciones, los mandatarios civiles fueron elegidos sólo con el consentimiento de los militares y resultaron ser impotentes, ineptos, o ambos.
 Crecí escuchando llamados por ''un militar honesto'', una figura paternal y todopoderosa, que arreglaría de una vez por todas el desastre creado por los políticos. Más que nada era un pedido por orden -- y nadie preguntaba el precio. ''Lo que hace falta acá es una mano dura, alguien que dé leña'', decía un refrán.

 Para mí, los derrocamientos y su rutina inescapable de marchas patrióticas por la radio, declaraciones de estado de sitio y camiones militares rodando por las calles fueron tan parte de mi niñez como los deberes que hacía en la cocina de mi mamá o las peleas a trompadas en los picados de fútbol en el barrio los sábados a la tarde.

 Cada vez que había un golpe, las fuerzas armadas asumían el poder político y con él el manto de árbitros de la moralidad. El país se convertía en un cuartel. La disciplina era fundamental. La obediencia era la norma. Cuestionar a la autoridad era impensable.

 Los dictadores militares intervenían no sólo industrias estratégicas sino también, dependiendo del momento, universidades, organizaciones deportivas y estaciones de radio. No solamente existían uniformes para los estudiantes de secundaria sino además reglas de vestido para los civiles. En una época, ya no me acuerdo bajo cuál junta, se prohibieron los pantalones cortos y las sandalias en público. Existían reglas sobre el pelo facial --no se permitían barbas o bigotes en los retratos oficiales para documentos de identidad-- y restricciones sobre el comportamiento amoroso. Un amigo mío me contaba recientemente como, cuando todavía un adolescente, él estaba besándose con su novia en un parque cuando de pronto vió venir un coche de la policía, las luces encendidas, zigzagueando entre la arboleda. Los policías pararon al lado de ellos, les pidieron documentos, les dieron un sermón y los echaron del parque con la admonición de no volver nunca más.

 Me llevó distancia y años darme cuenta de cómo esta militarización de nuestra vida cotidiana, poco a poco, nos insensibilizó ante la violencia, nos robó de nuestro instinto de cuestionar, nos convirtió en ciudadanos de un país ocupado que ya no era nuestro.

 El horror tiene otro nombre

 En 1970, cuando oí que los Montoneros, un grupo guerrillero, había secuestrado al general retirado y ex presidente Pedro Aramburu, yo tenía 16 años y estaba en mi último año de la secundaria. No tenía idea de quién era Aramburu o por qué era importante -- me enteré después que había sido uno de los líderes del golpe de 1955 que derribó al gobierno democráticamente electo del general Juan Perón-- pero aún así sentí que algo estaba pasando, algo profundamente diferente.

 Los Montoneros representaban un cambio -- y era hora. Los militares nos habían matoneado con impunidad por tanto tiempo y acá teníamos unos tipos -- algunos, de acuerdo a las noticias, apenas un poco mayores que yo o mis amigos-- que no se achicaban y les hacían frente. No nos dábamos cuenta que estábamos pensando la politica nacional con las reglas del barrio, pero para nosotros en esos días, la situación no era más complicada que eso.

 La realidad no se demoró. En apenas unos días vimos, horrorizados, como los que iban a ser nuestros defensores demostraban que podían ser tan estúpidos, crueles y brutales como los que nos atormentaban.

 Tras un juicio secreto, Aramburu fue ''hallado culpable'' del asesinato en 1956 del general Juan José Valle, líder de un levantamiento fallido contra la dictadura militar que reemplazó a Perón. Derrotados, Valle y 26 de sus seguidores fueron fusilados, un hecho sin precedentes en la historia moderna de la Argentina. Ahora le tocaba a Aramburu ser sentenciado a muerte y ejecutado. Desde el exilio, Perón dio su beneplácito.

 Y así, con una tragedia como respuesta a una tragedia, nos empezamos a deslizar hacia una catástrofe.

 Casi de la noche a la mañana, varios grupos guerrilleros irrumpieron en el escenario político. En 1964 y 1968 había habido unos breves conatos de guerra de guerrillas en el noreste de la Argentina -- parte del legado del Che Guevara. Ahora había varios grupos armados, decididos y disciplinados, proclamando una variedad de ideologías izquierdistas, desafiando a los militares, a la policía y a la clase política con asaltos a bancos, secuestros y asesinatos. La respuesta del gobierno fue más represión.

 De pronto, no solamente las guerrillas batallaban contra las fuerzas de seguridad sino que también aparecieron grupos parapoliciales y paramilitares, escuadrones de la muerte peronistas de extrema derecha, pandillas de matones sindicales derechistas y grupos armados católico-derechistas, para nombrar algunos. Con el tiempo la líneas de batalla se confundían.

 Las guerrillas empezaron atacando a altos oficiales militares y policiales, pero con el tiempo, también persiguieron a sus propios disidentes. Las pandillas parapoliciales y paramilitares y los matones sindicalistas se dedicaron a secuestrar, torturar y asesinar a presuntos izquierdistas, pero a medida que crecían las disputas personales y territoriales eventualmente hicieron blanco a otros militares, sindicalistas y algunos de sus propios adherentes. Las multinacionales y los industriales pagaban a ambos bandos por ''protección''.

 Yo no tenía miedo. Yo estaba en shock. La violencia, la crueldad y lo repentino de la situación me tomaron totalmente por sorpresa. Las noticias en los diarios, las imágenes en la televisión, los autos policiales sin placas, cruzando la ciudad a toda velocidad, sonando sus sirenas, eran de un lugar familiar que yo no conocía.

 Cuando alguien hizo cuentas, descubrimos que entre mayo de 1973 y abril de 1974 tuvimos 1.760 incidentes armados por razones políticas. Un año después, durante el mismo periodo, el número ascendió a 2.425; y entre mayo del 75 y marzo del 76 el número llegó a 4.324.

 Contribuyendo al caos, la presidencia cambió de manos dos veces en 1973 hasta que Perón, la figura crucial de la política argentina moderna, finalmente volvió al poder por las urnas tras un exilio de 18 años. Pero Perón murió en julio de 1974 y fue sucedido por la Vice Presidente María Estela Martínez de Perón, mejor conocida como Isabel. Una neófita en política, la viuda de Perón fue incluída en la boleta presidencial como resultado de una negociación entre las irreconcilliables facciones antagónicas del peronismo.

 Fue la inepta Isabel Perón quien, en febrero de 1975, asignó a las fuerzas armadas ''la erradicación de los elementos subversivos''. Unos pocos meses después, el general Jorge Rafael Videla, comandante de ejército, dijo que ''si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país.''

 La economía estaba en caos, debilitada por la inflación y el desempleo.  Los precios en las tiendas cambiaban de una hora a otra. Era el caldo venenoso que propició el nazismo en Alemania y el fascismo en Italia.
En Argentina, fueron desencadenados los peores instintos de una sociedad educada bajo décadas de cultura autoritaria, anestesiada por la frustración, formada bajo un respeto enfermizo al poder y la autoridad de las armas.

Como sociedad, sucumbimos al miedo, la rabia y la desesperación. Nos cegó el viejo anhelo de vivir en orden. Demasiados de nosotros simplemente queríamos que los trenes llegaran a horario, que la basura fuera recogida y que sacaran a los vagos de las calles. Y queríamos que alguien, de alguna manera, lo hiciera y ya. A nadie le interesaban las preguntas cómo o a qué costo.
Todo esto jugó en las manos de los militares.

 Mientras echaban a un lado a la impotente Isabel Perón y se preparaban a destruir la oposición --real, percibida o potencial-- los miembros de la junta fueron saludados por la prensa y bienvenidos por banqueros, líderes religiosos y amas de casa.

 El gran poeta Jorge Luis Borges dijo, en un comentario que más tarde lamentó: ''Ahora somos gobernados por caballeros''.

 Hasta las guerrillas aclamaron el golpe como un hecho beneficioso porque, en la jerga de esos días, ''agudizaría las contradicciones''.

 Pero estos militares no lo veían como un golpe más. Este golpe tenía un plan y un credo. Las fuerzas armadas anunciaron que estaban defendiendo nada menos que los valores cristianos y occidentales. El
enemigo era cualquiera que estuviera en desacuerdo. ''El terrorismo no es sólo matar con un arma o plantar una bomba'', dijo Videla, ''sino también activar a la gente con ideas contrarias a nuestra civilización cristiana y occidental''.

 Los activistas políticos, artistas, abogados, sacerdotes, profesores, sicólogos, sindicalistas, estudiantes, todos se convirtieron en sospechosos --así como también sus parientes, amigos y los amigos de sus amigos. No había lugar al disenso.

 En mayo de 1977, el general Ibérico Saint-Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires, fue citado diciendo: ''Primero mataremos a todos los subversivos, después mataremos a sus colaboradores, después . . . a sus simpatizantes, después . . . a los que permanecen indiferentes, y
finalmente mataremos a los tímidos''.

 Lo que se desató fue una vasta campaña de terrorismo de estado sin precedentes en la historia de la Argentina. Sus principales instrumentos fueron los secuestros masivos, la detención secreta, la tortura y el asesinato, actos cuyo efecto aterrador fue aumentado por la calculada arbitrariedad con la que fueron llevada a cabo y por el barniz de urbanidad con que se cubrió la vida de todos los días. Y los trenes llegaban a horario.

 Los hechos de brutalidad, los excesos --según la cínica observación de los militares-- eran un desafortunado subproducto de la guerra. Es un punto debatible.

 En su informe final, publicado en marzo de 1983, los militares se adjudicaron la victoria contra 25.000 subversivos. Pero el libro "El mito de la Guerra Sucia", publicado en 1984 por un grupo argentino de derechos humanos mantiene que ''en su apogeo [1974-75] los insurgentes no sumaban más de 2.000, de los cuales sólo el 20 por ciento poseían armas. . . . Las fuerzas armadas y de seguridad sumaban aproximadamente 200.000 hombres y tenían una de las más modernas infraestructuras del mundo. . . Podemos hablar de 'guerra' sólo en un sentido metafórico''.

 Lo que los números sugieren es que la guerrilla fue nada mas que una excusa útil para llevar a cabo los planes y los objetivos de las fuerzas militares, planes y objetivos que, en contradicción con la noble retórica, llegaron a incluir el robo menor, el desfalco y el secuestro y la venta de menores. Para mediados de 1976 -- quizás antes, a juzgar por informes del mismo ejército-- los grupos de guerrilla habían desaparecido y sus líderes habían muerto o buscado exilio.

 Sin embargo, entre 1976 y 1982 existían en la Argentina por lo menos 340 centros de detención y campos de concentración clandestinos. Una vez que terminó la Guerra Sucia, entre 9.000 y 30.000 personas habían perdido la vida y la Argentina había aportado una nueva palabra al diccionario del horror: ''desaparecido''.

 El polígono

 Me tocó hacer el servicio militar en 1975. Después del entrenamiento básico, fui asignado a una unidad de comunicaciones en el edificio del Comando en Jefe del Ejército, en el centro de Buenos Aires. Era un destino privilegiado. Al fin del día, a menos que estuviera de guardia, me podía tomar el colectivo e irme a dormir a casa.

 Dentro de la unidad, fui asignado a la sala de armas. Al otro recluta, a quien llamaré Carlos, lo había conocido durante el entrenamiento básico. En ese momento pareció ser un buen tipo pero un poco tosco. Lo más memorable de él en esos días fue que, mientras el resto de nosotros nos quejábamos de la vida militar de la mañana a la noche, él nunca protestó.''Yo me la banco'', decía.

 Pero en los confines de la armería resultó ser mucho más inteligente y gentil de lo que había aparentado ser. Aun así, ni él ni yo éramos de mucho hablar y que yo me acuerde, no tuvimos trato fuera del edificio militar. Recuerdo que nos encontramos a jugar al fútbol una vez. Pero es entendible, nos pasábamos días enteros encerrados en un pequeño cuarto en una rutina de limpiar armas, repararlas y hacer inventario. Eso era más que suficiente.

 De hecho, cuando nos dieron la orden de salir a probar las armas, nos pareció un bienvenido cambio en la rutina. Una vez cada tanto, nunca sabíamos cuando, cargábamos una furgoneta con fusiles, pistolas, ametralladoras y cajas de munición y nos íbamos a un polígono de tiro en el otro extremo de la ciudad. Disparábamos cada arma y escribíamos un informe detallado. A la tarde volvíamos al edificio central. Nunca pensé lo peligroso que era.

 Ahora lo veo como una locura.

 Aquí teníamos una furgoneta, pintada y marcada claramente como un vehículo militar, repleta de armas, durante el apogeo del levantamiento guerrillero, cruzando la ciudad, dos veces, sin escolta y defendida por un oficial, un sargento y tres o cuatro reclutas sin experiencia, mal entrenados, apretados como sardinas en dos asientos.

 El lunes 18 de agosto era nuestro última viaje. He escrito sobre esto antes y me confío en mis notas. A estas alturas muchos de los detalles son borrosos.

 Ese día, siete nos hacinamos en la furgoneta. Yo estaba en el asiento de atrás, estrujado con dos reclutas, del lado de la ventanilla, sosteniendo entre mis piernas el fusil cargado.

 Cuando llegamos al polígono, vimos que estaba cerrado. El capitán estaba furioso.

 Cuando dimos la vuelta para salir, vimos a un hombre en uniforme de oficial acompañado por dos hombres vestidos de civil, con gafas oscuras y cargando metralletas (guardaespaldas, asumí) que se acercaban a la furgoneta. No sé por qué se me cruzó por la mente que si nos apurábamos llegaríamos a tiempo para almorzar. A medida que se acercaba, pudimos distinguir su insignia. Era un coronel. Hizo un gesto para que paráramos. Al ver que era un superior, el capitán hizo detener la furgoneta. El trío se aproximó al vehículo y esperó. El capitán descendió, dió un saludo militar y extendió su mano. Recuerdo que el ''coronel'' sonrió al estrechar la mano del capitán y entonces oí un ruido como de popcorn y miré otra vez. Uno de los ''guardaespaldas'' estaba tirándole al capitán, rociándolo de arriba abajo, mientras el ''coronel'' lo sujetaba, impidiéndole escapar. Esto a un metro de mi ventanilla. Me quedé frío. Antes que pudiera reaccionar, el ''guardaespaldas'' giró hacia mí y disparó directamente hacia la furgoneta. Nos tiramos como pudimos detrás del asiento mientras oíamos las balas chocar contra el techo. Sentí que la puerta se abría y oí gritos: ''¡Todos afuera! Dejen las armas''.

 Alguien me sacó de un tirón y me tiró al suelo. Alguien nos ordenó que nos quedáramos boca abajo, y que esperáramos. Oí portazos y motores que arrancaban. Sentí que la furgoneta se alejaba y oí otros vehículos que la seguían. Me quise levantar y alguien, desde un automóvil estacionado cerca de un portón directamente en diagonal a donde yo estaba, me gritó que me quedara quieto o me ''quemaba''. Obedecí y me quedé ahí, sobre la tierra, mirando al capitán, que yacía inmóvil a mi derecha. Vi un charco de sangre oscura. Oí un auto que se alejaba. Todo el episodio no pudo haber durado más de cinco minutos.

 No recuerdo cuánto tiempo esperamos antes de levantarnos e ir a buscar ayuda. Nos llevaron a una comisaría y ahí me enteré que Carlos se había ido con los atacantes. Al principio, asumimos que lo habían secuestrado, pero cuando regresamos a nuestra base un par de horas más tarde ya había crecido la sospecha de que él había estado involucrado en el ataque.

 Eso me convirtió a mí en sospechoso.

 Estuve detenido dos semanas. La primer semana estuve incomunicado y fui interrogado día y noche por oficiales del servicio de inteligencia militar. De pronto, las decisiones más banales en los días que precedieron el ataque asumieron un significado siniestro, con posibles consecuencias de vida o muerte. ¿Por qué fuiste al museo a tal y tal hora? ¿Por qué te pusiste una vincha? ¿Por qué invitaste a Fulano a que te acompañara?

 Otras preguntas me dejaron atónito, sin respuesta.

 ''¿Por qué un pibe como vos, de una buena familia, católica, tiene una novia judía?'' me preguntó uno de ellos. ''¿Te gustan los judíos? ¿Tenés muchos amigos judíos?''

 Un grupo de mis interrogadores parecían furiosos conmigo; me empujaban, me dieron un par de golpes, me gritaban. Yo les temía mucho más a los otros, a los que se portaban como contadores públicos haciendo cuentas, ésos que tenían ojos sin vida, que parecían estar aburridos y nunca alzaron la voz.

 ''Mirá, nostros tratamos con gente mucho más inteligente y más duros que vos en Tucumán [una provincia en el noroeste donde la guerrilla estaba activa], pero cuando empezamos a sacarles las uñas hablan -- y vos vas a hablar también''. Recuerdo a uno que me dijo, sin ni siquiera mirarme. ''No me hagás perder el tiempo''.

 Fue uno de ese grupo que abrió la ventana, me agarró por el cuello y me sentó sobre la cornisa. Estábamos en el piso 16.

 ''No jodas. Y no te hagás el gil'', dijo, en tono monótono. ''Si te empujo y te caés, va a ser suicidio. ¿Quién se va a quejar?''

 Con todo lo que pasó --la tortura sicológica, las intimidaciones, las amenazas-- mi experiencia fue unas vacaciones de verano comparada con la que miles de argentinos --incluyendo chicos, ancianos y mujeres encintas-- sufrieron durante la Guerra Sucia. Una de las tragedias es que quizás nunca sabremos exactamente cuántos fueron secretamente detenidos, golpeados, torturados con picanas eléctricas, violados y terminaron siendo asesinados.

 Resultó ser que Carlos era un guerrillero. Yo no sabía nada sobre el complot. De hecho, Carlos nunca me dijo una palabra de política --y eso probablemente me salvó la vida.

 Desde un comienzo, debe haber sido obvio para mis interrogadores que yo no sabía nada. Pero también tuve suerte. Estuve detenido oficialmente en un edificio público. Yo hice todo lo posible para informar a mis amigos entre mis compañeros conscriptos que yo todavía estaba ahí. Me aseguré de que me vieran cuando me traían la comida o cuando me llevaban al baño. Mi esperanza era que ellos avisaran a mis familiares que me habían visto. Era un hilo muy tenue, pero para mí era mi póliza de seguro. Ahora lo veo como patéticamente ingenuo. Pero yo creía que los militares tendrían alguna preocupación sobre su responsabilidad por lo que me pasara. Apenas unos meses después de mi incidente, hubo mucha gente que desapareció, fueron torturados y asesinados por menos que haber conocido un guerrillero o haber estado en el lugar equivocado en un momento inoportuno.

 Carlos fue muerto dos semanas más tarde en lo que fue reportado como ''un enfrentamiento con el ejército'', una explicación genérica de dudoso significado. En muchos de esos ''enfrentamientos'' los guerrilleros aparecían con curiosas heridas y las fuerzas de represión nunca tenía bajas. En este caso, las armas robadas fueron recuperadas.

 Me enteré cuando me dejaron en libertad, el mismo dia que reportaron su muerte.

 Me acuerdo que me sentí como atontado en los días después de mi liberación. En solo un par de semanas había sido testigo de un asesinato -- y casi víctima de otro. Había sido detenido, interrogado y amenazado. Me sentía al mismo tiempo traicionado, agradecido, triste, furioso.

 Lo que más recuerdo sobre Carlos es el fin de semana en el que jugamos al fútbol en mi barrio, un día antes del ataque, si no me equivoco. Considerando lo que pasó después, esa tarde sugiere una despedida. Las imágenes ya son borrosas, pero recuerdo claramente que dije algo sobre política, creo que fue sobre una manifestación a la que sentía que debería haber ido. No sé por qué me atreví a decir eso, en la época en que vivíamos, a una persona a quien realmente no conocía. Pero Carlos me respondió con una sonrisa de hermano mayor y me dijo: ''Vos sos músico. Lo que podés hacer para ayudar es ser buen músico''.

 Si me acuerdo vívidamente es por lo inusualmente generoso de su comentario.

 Durante años, mientras estudiaba en la universidad y en discusiones con ciertos amigos, recibí toda clase de críticas por no meterme activamente en política, por no militar, como se decía en esos días. La música, las artes era una actividad frívola en los tiempos que estábamos viviendo, me decían, una distracción pequeño burguesa; una muestra de egoísmo, quizás (y esto era solamente sugerido, nunca dicho en forma directa) una indicación de cobardía. El país se está desangrando, era el argumento -- ¿cómo puede alguien estar en casa practicando Mozart?

 Pero a mí, la mayoría de los militantes me parecían miembros de una secta religiosa. Yo también quería democracia, justicia social y económica, libertades amplias --pero al mismo tiempo despreciaba su absoluta certeza, su dogmatismo, su mezcla de arrogancia y estupidez (consignas para toda ocasión) y, especialmente, su militarismo.

 Como respuesta a una sociedad autoritaria, acostumbrada a puntos de vista impuestos por la fuerza y a una cultura que reducía los temas más complejos a una brutal alternativa de ''conmigo o contra mí'', las guerrillas ofrecían más armas, más dogmas inflexibles y el asesinato como argumento político. Era una estupidez.

 Argentina no necesitaba más ejércitos. Uno ya era suficiente dañino.

 Lo que el país necesitaba eran alternativas.

 El flaco

 Durante 20 años, me he sentido culpable con el flaco Ernesto.

 Era alto, delgado e inmutable. Tenía dientes de conejo, se reía con facilidad y calzaba unos botes que eran el terror cuando jugábamos fútbol. Si jugabas contra el flaco Ernesto, no querías que te fauleara.

 Ernesto tocaba la guitarra bastante bien --todos pensamos que iba a ser un músico y como en esa época yo escribía mala poesía imitación ''beat'', pasábamos bastante tiempo juntos, hablábamos sobre música y libros y dibujándo una tira cómica. Nosotros vivíamos en nuestra propia década de los 60. No usábamos drogas -- éramos pibes de barrio trabajador, no tipos sofisticados del Barrio Norte-- pero dedicábamos todo el tiempo que podíamos a ver si podíamos conseguirnos un poco de ese ''amor libre'' del que tanto habíamos leído.

 Yo fui el que trajo los primeros libros sobre política --los anarquistas, Marcuse. Leímos, hablamos, conseguimos más libros. En unas semanas me olvidé del tema.

 Después de terminar la secundaria nos vimos con menos frecuencia. No me acuerdo qué hizo el flaco. Yo me anoté en la Universidad de Buenos Aires a estudiar matemáticas pero dos años después, largué para dármelas de Kerouac y viajar por el país con una mochila, recogiendo material, fantaseaba, para la gran novela argentina.

 Pero Ernesto mantuvo su interés en la política. Hablábamos poco en ese entonces, pero yo sabía que él se estaba metiendo en la Juventud Peronista, un grupo izquierdista dentro del peronismo. Yo no sabía cuánto él estaba metido -- la organización tenía mal disimulados lazos con los Montoneros-- pero sabía que la cosa era seria. Su actitud había cambiado. En Ernesto percibía una gravedad que yo no reconocía.

 Recuerdo la vez que me dijo que no había tocado la guitarra en meses.

 El interés de Ernesto en Perón no era excepcional. Mientras los sucesores de Perón andaban a los golpes, Perón, desde la distancia segura del exilio, había ganado un status casi mítico. Porque tenía un firme control de un gran segmento de la clase trabajadora y de los sindicatos, Perón era cortejado por oportunistas de toda estirpe. Y Perón era un político magistral, el Gran Seductor. A cada grupo le decía lo que quería oír. El resultado fue que dependía de a quién a uno le preguntara, el peronismo podía ser desde una forma de corporativismo neofascista a una especie de socialismo criollo, vagamente definido.

 En una oportunidad, durante su batalla a control remoto contra los militares, Perón abrazó a las guerrillas izquierdistas peronistas, llamandolas ''juventud maravillosa'' alentándolas con máximas como: ''En manos del pueblo, la violencia no es violencia, es justicia''.

 Pero en 1974, ya de vuelta en Argentina y en el poder, Perón, que a fin de cuentas era un militar de carrera, no tenía ningún uso para un grupo de civiles armados haciéndole demandas -- mucho menos un grupo de civiles armados jóvenes e izquierdistas.

 Perón, siempre el pragmatista, se alineó con el ala derecha de su movimiento y de las fuerzas de seguridad y se dedicó a aplastar a esa maravillosa juventud que repentinamente se había convertido en ''estúpidos'' ''imberbes'' y ''mercenarios''..

 Cada vez que yo veía a Ernesto, lo cargaba:

 ''Flaco, cuando el general dijo tal y tal cosa ayer, ¿fué una movida táctica o estratégica? Porque, que querés que te diga, a ustedes los hizo quedar como el culo''.

 Al principio, Ernesto se enojaba y trataba de racionalizar las movidas de Perón. Más tarde, resignado conmigo o con Perón, lo convirtió en broma. Entonces me respondía serio:''estratégica'' o ''táctica'' y yo asentía con la cabeza, como un buen estudiante pero un poco lento y nos reíamos.

 No me acuerdo cuándo me enteré que a Ernesto lo mataron.

 Con el pasar de los años, armé un rompecabezas de lo que había pasado, me dijeron que había sido Montonero y que un grupo armado lo había emboscado en el apartamento de un amigo --un lugar que yo había visitado, no recuerdo cuándo o por qué-- y que cuando se resistió, lo mataron ahí mismo.

 Durante un tiempo, tuve imágenes de Ernesto ensangrentado, furioso, peleando.

 Nunca lo pude imaginar con una pistola en la mano.

 Los vigilantes

 Me fui de la Argentina en junio de 1977. No andaba en política pero era joven, músico, usaba el pelo largo, me movía en círculos que, estoy seguro, eran vistos como cuestionables, y tenía amigos que estaban o podían estar metidos en política. Vivía aterrado por la posibilidad de otra explosión de violencia, la certeza de mi impotencia y el recuerdo de una muerte brutal y sin sentido.

 Como muchos otros, había sobrevivido aferrándome a mis rutinas diarias. Aprendí a hacerme invisible y mudo. En cada mirada veía una amenaza. Para ese entonces, en Buenos Aires no nos mirábamos, nos vigilábamos. Todos eramos acusados y acusadores, prisioneros y carceleros.

 Yo no confiaba en nadie, menos que nadie, en mí mismo. Había vivido aterrorizado por tanto tiempo que no necesitaba que nadie me vigilara.
Llevaba un policía adentro.

 Yo era mi propio censor, mi interrogador, mi guardia.

 Cada vez que salía de mi casa preparaba una lista mental en caso de que alguien me parara: de dónde venía, a dónde iba, a quién iba a ver, por qué. No anotaba los números de teléfono; no le daba el mío a nadie.
 Nunca andaba con un grupo de tres o más personas.

 Esa desconfianza, ese temor, estaba profundamente arraigado.
 Me di cuenta de cuánto cuando me senté a hablar con mi hermana Susana sobre su vida durante la Guerra Sucia. Me di cuenta de que durante todos estos años nunca le había preguntado --y ella nunca me había contado.

 ''Era aterrador'', me dice ahora. ''Yo bailaba en un grupo de danza moderna. Experimentábamos con el teatro; usábamos música contemporánea local; creábamos escenografía inusual --y todo eso parecía subversivo. El marido de una de las chicas, un genetista, desapareció. A ella le dieron una paliza. A menudo los policías asistían a los ensayos para averiguar qué hacíamos, para ordenarnos que vaciáramos nuestros bolsones a ver qué llevábamos".

 ''Como rutina, se llevaban a los bailarines varones para golpearlos, así es que teníamos que ir a la comisaría a rescatarlos. ¿Por qué se los llevaban? Porque eran ''gay''. A nosotras nos trataban como putas y a ellos les daban palizas. La vida era terrible para todos, pero para ellos era peor. Llegó al punto de que si no llegaban al ensayo íbamos a buscarlos, porque hubo intentos de suicidio. Eventualmente, uno de ellos se mató''.

 Susana, que es dos años menor que yo, salió del país en 1980 y vivió en España durante un año, pero volvió a Buenos Aires. Hoy está casada y tiene un hijo de 13 años. Me contó que ha hablado de este tema sólo con su marido, Claudio, que era un estudiante en ese entonces y dice que no tenía idea de lo mal que andaban las cosas.

 ''Todavía me pregunta, 'Pero, ¿dónde estaba yo?' '' me dice Susana, con tono irónico. ''Yo le digo que vivía acá, en otro país''.

 Muchos vivíamos así. Todos sabíamos y nadie sabía. Es un refrán que vengo oyendo por 15 años. Todos sabían que algo pasaba; todos --especialmente en Buenos Aires-- conocían a alguien que había desaparecido, que había sido encarcelado, asesinado. Pero, en parte porque la información era totalmente controlada y fragmentada, pocos realmente tenían idea de la dimensión de lo que estaba pasando.

 Ahora resulta que muchos de nosotros vivimos compartiendo el mismo terrible secreto.

 En esa época, dudábamos de nuestros sentidos. No creíamos lo que veíamos, lo que sentíamos, lo que sabíamos.

 ''La dictadura se cuidó de no militarizar a Buenos Aires, de modo que la represión fue casi invisible'', apuntó Marguerite Feitlowitz, una escritora, traductora y maestra de Harvard University, cuyo libro A Lexicon of Terror: Argentina and the Legacies of Torture acaba de ser publicado por la casa editora Oxford Press. De hecho, me hizo recordar ''lo hermoso que era Buenos Aires [entonces]. Una de las primeras cosas que hicieron fue comenzar un proyecto masivo de embellecimiento: Arreglaron las veredas, pintaron los edificios, arreglaron los jardines públicos, plantaron flores y árboles. La ciudad se veía tan bella. Entonces, vos te preguntabas: '¿Qué me pasa? ¿Qué hay de malo conmigo?'

 ''Con la excepción de los Ford Falcon [de la policía secreta] que rodaban por las calles, con la excepción de un retén militar en el camino o un secuestro ocasional, la vida era normal'', dice Feitlowitz sin ironía. ''Y eso fue verdaderamente brillante. Si hubieran hecho un cambio radical en el medioambiente, [la represión] no podría haberse negado.''

 Pero la represión fue negada. Para muchos, el negarla fue cuestión de supervivencia, de mantener la cordura.

 ''Lo que encontré una y otra vez fue un sentido de que 'Yo estuve ahí. Yo lo ví. No sé nada' '', dice ella. ''Lo que está al fondo de todo eso es que el conocimiento más peligroso de todos los conocimientos prohibidos era el autoconocimiento. Esa sensación en tu propio cuerpo que te indica que algo anda mal fue negada una y otra y otra vez. Así es como alguien puede presenciar un secuestro, reprimir la imagen y no pensar sobre el significado de lo que vió''.

 Si no podían reprimirlo del todo, muchos simplemente encogían los hombros y lo dejaban pasar.

 En una sociedad que hace tiempo había convertido el ''No te metás'' en credo diario, muchos, al oír un rumor de un desaparecimiento, simplemente se lavaron las manos con un ''por algo será''. Y ahí terminaba la conversación.

 Hace un par de años, el oficial retirado de marina Adolfo Scilingo sorprendió a amigos y enemigos cuando le contó al periodista y autor Horacio Verbitsky que la marina arrojaba al mar a disidentes políticos drogados pero vivos, en forma rutinaria. Su testimonio fue documentado en The Flight, por Verbitsky (1996, The New Press).

 ''Gran parte del país consintió las barbaridades que se cometían'', dijo Scilingo. ''Ser excesivo en el procedimiento, como se le llamaba en ese tiempo, no era rechazado. Era aceptado. Si la mayoría de la población se hubiera manifestado en contra, las cosas hubieran sido diferentes''.

 Mario Villani, un científico que fue secuestrado mientras conducía su automóvil por Buenos Aires el 18 de noviembre de 1977, pasó cuatro años ''desaparecido'' en cinco campos de concentración diferentes. El me contó una escena macabra que ocurrió durante el Campeonato Mundial de Fútbol 1978, que fue jugado en la Argentina, un país donde el fútbol es religión, y que fue ganado por la Argentina.

 ''Porque soy un físico, tengo cierto conocimiento de electrónica y creo que eso es algo que me salvó la vida'', dice. ''Cuando se enteraron, me ordenaron que montara talleres de reparación en las prisiones y me trajeron todos los artefactos que robaban durante los secuestros para que los arreglara -- aparatos de televisión, radios, estéreos, videograbadoras''.

 En una oportunidad, recuerda Villani, mientras estaba detenido en un campo de concentración en Buenos Aires llamado El Banco, le ordenaron colocar uno de los receptores de televisión en una plataforma al fondo de un corredor flanqueado de celdas.

 ''Cuando jugaba la Argentina, abrían las puertas y nos sentábamos fuera de nuestras celdas y nos permitían levantarnos 'el tabique', la venda que nos cubría los ojos, para que viéramos el partido y gritáramos los goles. Y nosotros veíamos esa gente en la cancha, gritando '¡Viva Argentina!' mientras nosotros estábamos donde estábamos, secuestrados y torturados, tan cerca de donde se jugaba el partido. Era duro. Tenías que convencerte de que la gente en la cancha no sabía lo que pasaba, de otro modo te hubieras vuelto loco''.

 Muchos, si lo sabían, estaban distraídos con el espejismo económico.

 ''Sectores muy importantes de la clase media gozaban de un aumento en el consumo, y eso puede ser un potente anestésico de la conciencia moral'', dijo Verbitsky, quizás el mejor periodista político de la Argentina. ''Pasamos por el periodo del 'Deme dos', en que los turistas argentinos --gracias a que viajaban con una moneda sobrevaluada-- encontraban todo muy barato y regresaban cargados de toda clase de artículos''.

 Pero no eran sólo los buscadores de gangas los que andaban distraídos.

 Mariano Grondona, un respetado autor y columnista conservador, se lamentó recientemente de que durante la Guerra Sucia ''muchos de nosotros los liberales [de libre mercado] estuvimos muy preocupados por la tasa flotante de cambio, pero fuimos totalmente indiferentes a los cadáveres flotando en el río''.

 Fue una ceguera colectiva que afligió a casi todo sector de la sociedad argentina. Aunque toda institución en la Argentina parece haber tenido honorables disidentes, incluso algunos que pagaron por sus convicciones con sus vidas, la colaboración entre los miembros de la clase política, del mundo de negocios y del clero ha sido documentada.

 Pero aún después de 15 años de gobierno democrático, el rol de la sociedad civil durante la dictadura sigue siendo tabú. La autocrítica lúcida, aunque tardía, de Grondona, es la excepción, no la regla.

 Fui a varias librerías en la Calle Corrientes buscando un libro que discutiera el rol de la sociedad civil en la dictadura militar y la Guerra Sucia.

 ''No hay ninguno'', me dijo un empleado en una de las librerías más grandes, después de pensar un momento.

 ''¿No lo encuentra curioso?'' le pregunté.

 ''Sí'', me dijo, perplejo. ''Pero sabe qué, nunca lo había pensado''.

 Para Rosita Lerner, una ex trabajadora social casada con Mario Villani, el tema está cristalizado en una imagen.

 ''Pienso en las costureras que confeccionaron las capuchas que le ponían a los prisioneros en los campos de concentración'', dice. ''No hablo de veinte sino de miles [de capuchas]. Eso me obsesiona. Esa gente existe y siempre me pregunto: ¿Qué creían que estaban confeccionando?''

 Verdugos desaparecidos

 Resulta que no fue el asco o la indignación ante las atrocidades perpetradas lo que derribó al régimen militar. Fue su propia corrupción e incompetencia.

 En 1982, con la economía en ruinas y el control sobre el pueblo debilitándose, la junta recurrió a maniobras cínicas y desesperadas. En enero, hubo una reactivación de un viejo conflicto fronterizo con Chile --pero no pasó a mayores. Entonces, días después de que muriera un obrero durante una manifestación laboral, los militares invadieron las Islas Malvinas, un archipiélago frente a las costas de la Patagonia.

 Reivindicar como patrimonio nacional el archipiélago que los ingleses usurparon durante la epoca colonial siempre había sido una causa nacional, Gran Bretaña estaba lejos y la campaña parecía ser un riesgo aceptable, seguro y necesario.

 Yo vivía en Boston y seguía la guerra por televisión. Telefoneaba a mi familia y mis amigos en Buenos Aires casi todos los días y las llamadas me dejaban deprimido, enojado y frustrado. Lo que yo veía en las estaciones norteamericanas era propaganda inglesa, me decían. La Argentina estaba ganando --ganando, como si estuvieran hablando de un partido de fútbol. Me decían que me estaba dejando engañar por la conspiración internacional contra la Argentina.

 De la noche a la mañana, aparentemente ya nadie pensaba en los militares de la junta como dictadores, nadie se acordaba de los muertos, nadie quería hablar sobre la tortura o los desaparecidos.

 Y así como empezó, de la noche a la mañana, la aventura terminó.

 Para la Argentina fue un desastre humillante -- y una victoria crucial.

 No fueron los guerrilleros, los políticos, la iglesia, los sindicatos o los intelectuales que le devolvieron la democracia a la Argentina. Fue Margaret Thatcher.

 ''La guerra de las Malvinas fue muy importante porque demostró en forma decisiva la incompetencia de las fuerzas armadas argentinas para todo, excepto la represión de la disensión interna'', dijo Verbitsky, el columnista y autor político. ''Ahí tenías [al oficial de marina] Astiz, el héroe de la Guerra Sucia, rindiéndose ignominiosamente a los ingleses sin disparar un tiro. Y de pronto la gente se pregunta: '¿Para qué tenemos a estos tipos? ¿Para qué sirven?' ''

 En diciembre de 1983, la dictadura llamó a elecciones.

 En los años siguientes, miembros de la junta, así como oficiales de medio y bajo rango, fueron juzgados por tribunales civiles por crímenes cometidos durante la Guerra Sucia, algo sin precedentes en la historia de Latinoamérica. Muchos fueron hallados culpables.

 Un panel de notables fue creado, el CONADEP o Comisión Nacional de los Desaparecidos, para obtener testimonio de parte de los sobrevivientes de la represión. Ese testimonio fue compilado en un extraordinario documento titulado Nunca Más.

 Con todo, los militares permanecieron impenitentes y amenazantes.

 El Presidente Raúl Alfonsín, en un acto que justificó como necesario para preservar y fortalecer a la democracia, hizo concesiones muy controversiales a los militares, aprobando leyes que limitaban la responsabilidad de los bajos rangos y que fijaban un plazo para introducir cargos.

 Ambas leyes fueron revocadas por el Congreso en marzo, pero la revocación no es retroactiva. Los que escaparon del castigo jamás podrán ser llevados ante la corte. Muchos matones y torturadores --quienes en un giro de humor negro popular fueron llamados ''la mano de obra desocupada''-- hoy transitan libremente por la Argentina.

 Villani me contó de haberse topado en la calle con varios de sus captores. ''Es difícil para alguien que no pasó por todas éstas imaginar cómo uno sigue viviendo, pero uno lo hace'', dice, con determinación. ''Estoy reconstruyendo mi vida, no borrándola. Si enfoco mi bronca en estos tipos, me equivoco, me desvío de mi objetivo''.

 Cierto, algunos de los convictos cumplieron penas de cárcel. Pero en 1989, después de algunas protestas militares violentas, el Presidente Carlos Menem firmó perdones para 400 oficiales y suboficiales, incluyendo más de 40 generales, admirales, coroneles y capitanes que estaban en prisión por violación de derechos humanos.

 Fue Menem quien, a comienzos de este año, sugirió derribar la ESMA y crear allí lo que describió como un espacio grande y verde, con un monumento.

 Su sugerencia consternó y enfureció a muchos, especialmente a aquellos que todavía desconocen el paradero de sus seres queridos. El plan fue bloqueado por las cortes.

 Durante una visita a Miami en febrero, Menem sonó sorprendido por la reacción popular.

 ''La reconciliación o la pacificación no significa el olvido'', me dijo. ''Perdonar no es olvidar. Dicho simplemente, estamos perdonando para llevar a cabo la pacificación . . . Si seguimos volviendo al vergonzoso pasado que vivimos, la Argentina no tendrá un futuro''.

 A pesar de los deseos de Menem, estos temas no van a desaparecer.

 ''La tendencia en la Argentina es barrer las cosas bajo la alfombra'', dice Grondona, el comentador político. ''Y esto se convierte en un cadáver insepulto y apesta. Y apestará hasta que le demos un entierro apropiado, hasta que averigüemos la verdad. Admiro lo que hacen los sudafricanos: los que confiesan sus crímenes son perdonados. Es la antigua doctrina cristiana. En la verdad hay perdón. Aquí, no hay confesión. Todavía no decimos la verdad. Todavía no nos enfrentamos a la verdad''.

 Mientras caminaba por Buenos Aires, pensé en una cita que había leído en el libro de Feitlowitz. Es por Oscar Camilion, un diplomático que trabajó bajo los dictadores militares Gen. Roberto Viola y Gen. Jorge Videla y fue ministro de defensa de Menem: ''Una nación se construye no sólo con lo que recuerda sino también con lo que olvida''.

 Tiene razón.

 En la Argentina, la memoria colectiva de la nación es un campo de batalla no sólo para los que vivimos el terror sino también para los que recién están empezando a enterarse de la historia. Una generación entera ha madurado desde que terminó la dictadura.

 Estos chicos no tienen el miedo que yo tuve cuando tenía su edad. Ellos preguntan, desafían a las autoridades, insisten en saber. Pero es un proceso lento y doloroso. Muchas veces, al traer el tema en conversación, sentí la incomodidad y la sensación de agotamiento.

 La vida continúa. La gente se preocupa por sus trabajos, la seguridad, el costo de vida. Verbitsky lo explicó en forma concisa.

 ''No es posible olvidar y no es posible tenerlo presente 24 horas al día'', dijo. ''De modo que ocurre un flujo y reflujo. Vienen momentos de gran interés y preocupación y vienen momentos de negación y de 'Mejor no hablemos de esto porque quiero mirar hacia el futuro'. Es una contradicción insoluble y seguirá siéndola''.

 Mario Villani vive con esa contradicción.

 El me cuenta de encarcelación, su tortura y sus experiencias con sus captores con extraordinaria dignidad y compostura. Ha testificado durante los juicios de los miembros de las juntas y va a testificar en Italia, una de las naciones que ha iniciado investigaciones sobre el destino de sus ciudadanos durante la Guerra Sucia. También sigue con suma atención el escándalo que se ha desatado en relación con el descubrimiento de varias cuentas bancarias secretas en Suiza que presuntamente pertenecían a ex oficiales activos durante la Guerra Sucia.

 Activistas de derechos humanos y parientes de las víctimas de la represión estatal mantienen que estas cuentas contienen las ganancias de sangre de la Guerra Sucia: dinero robado durante los secuestros, rescates, ganancias por concepto de venta de bienes robados y venta forzosa de la propiedad de algunas víctimas. Esta última le interesa personalmente a Villani; sus secuestradores le obligaron a transpasarles una casa que él poseía.

 Sin embargo, Villani sigue siendo un hombre con gran sentido del humor, que adora conversar sobre el jazz, sueña con viajar y está particularmente orgulloso de su modesta colección de discos compactos.  Si Villani puede ser optimista, no tengo derecho a dudar.

 ''Había gente que antes de los juicios [de los militares] me decía que todos esos rumores sobre desaparecidos y torturas era mentira'', dice Villani, con una sonrisa irónica. ''Después de los juicios, tuvieron que admitir que algo había sucedido. Como sociedad, por lo menos dejamos de negar lo que había pasado. Eso es progreso''.

 Un país lejano

 Durante mi más reciente viaje a la Argentina, me pasé  una mañana con Nino, el panadero del barrio, en su panadería.
Nino me conoce desde que yo era un pibe y apenas llegaba al mostrador con la plata que me daba mi mamá para comprar el pan. Le pregunté qué sabía él sobre lo que había pasado, qué se acordaba -- y me contó. A Nino le gusta hablar y yo tenía todo el tiempo del mundo.

 La panadería es un punto de reunión en el barrio. La gente entraba y salía, algunos participaban en la conversación, contaban sus historias y se iban; otros se quedaban. No me fue necesario preguntar. Las historias fluyeron --cadáveres echados al río durante la noche en bolsas de plástico negras, cementerios secretos en tal y tal parque. Un señor mayor me cuenta como vió a los bomberos lavar con sus mangueras la sangre de la veredas de Plaza de Mayo la mañana después que aviones de la marina bombardearon a civiles en un atentado fallido contra Perón en junio de 1955. Un hombre recuerda estar sentado a la mesa donde un jefe de sindicato fue baleado. Otro recuerda ver a ''los muchachos en el patio, en fila, desnudos'' cuando iba a entregar galletitas a una comisaría que servía a la vez --y esto lo descubrió más tarde-- de campo de concentración secreto.

 Otro me cuenta cómo el general Valle, el oficial populista que se enfrentó a sus ex camaradas después que derrocaron a Perón para pedir elecciones, fue fusilado en el sótano de una prisión en Buenos Aires. La prisión fue derribada pocos años más tarde, dijo. En su lugar queda un terreno verde y abierto. Me quedé atónito. Lo conocía bien. Cuando era pibe había jugado al fútbol ahí. No tenía idea de la historia de ese lugar.

 Ni el concepto de Menem para la ESMA es nuevo.

 Me quedé y escuché. Me forcé a escuchar.
 En un momento, Nino y yo nos quedamos solos. Ninguno podía hablar.
 ''Esta ciudad es un cementerio'', dijo en casi un susurro.
 Y quedamos en silencio otra vez.

 Estas son las historias que cargamos. Las hemos cargado por años, cada generación prisionera de su propio cuento de horror, cada generación volviendo a empezar.
 Esto tiene que terminar.
 Pienso en Santiago, mi sobrino, que se parece a mí cuando yo tenía su edad, que adora las matemáticas, dibuja caricaturas y que a veces todavía, cuando cree que no lo veo, me estudia con una mezcla de curiosidad y reverencia: el tío loco de Norteamérica.

 No quiero que Santiago jamás tenga que escribir una historia como ésta, viviendo lejos de gente y lugares que ama, en un país que no es el suyo.






 

 

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